EL FINAL DE LA VIDA

 

En esta mañana de primavera, el sol frente a mi ventana se abre paso entre espesas nubes, los vencejos han salido en busca del desayuno y vuelan escandalosos surcando el aire, tras la fuerte lluvia de estos días, la tierra recibe los rayos de sol con una humedad que asciende en brumas y pequeñas nubes que van al encuentro de sus hermanas mayores en el alto cielo.

Reflexiono hoy sobre el final de la vida. El continuo cambio que trae Cronos, señor del tiempo, que parece reinar en este Samsara en el que nada permanece.

En las  antiguas tradiciones chamánicas, orientales, occidentales, el tiempo era un continuo inacabable y el ser humano se ubicaba en él consciente de su eternidad, realizaba el tránsito de una existencia a otra de forma serena, tranquila, consciente, aceptando el fin de un ciclo y el principio de otro. Se preparaba para caminar con cuidado y atención en el espacio entre existencias, se preparaba para poder continuar un proceso de iluminación que tardaría muchas existencias en concluirse, y, más aún, se preparaba para regresar a este mundo, cargado de Amor, y ayudar a encontrar la salida del laberinto de apegos e ignorancia a sus hermanos menores, nosotros.

Hoy en día, todavía podemos encontrar esta filosofía en el budismo, con su larga tradición de tulkus y bodisatwas y en algunas escuelas esotéricas, que, precisamente por serlo, no se anuncian en los periódicos.

Observo a nuestros mayores de hoy, en sus últimos años de esta existencia. Es habitual que comiencen a ahogarse en el Leteo antes de dejar su cuerpo físico. Olvidados de su naturaleza esencial, olvidan también sus tareas cotidianas, sus cuidados básicos, olvidan sus nombres, olvidan los rostros queridos. El presente desaparece, el futuro, para el que no se han preparado, les aterra; sólo queda el pasado, lo que sucedió, lo que me dijeron, lo que hice, lo que me hicieron.

Y en mitad de este rio del olvido, las compuertas del inconsciente se abren y del fondo de los mares interiores emerge aquello que sembraron y cultivaron durante esta existencia. Es el invierno de la vida, el tiempo de nutrirse de lo que hemos guardado. “Hay buena gente en todas partes”, “que suerte que tengo un bastón para apoyarme”, “que contento estoy porque has venido”, “cuenta con nosotros para lo que necesites”, escucho decir a quienes durante su existencia sembraron compasión, afecto, trabajo, disciplina. “Ya no sirvo para nada”, “mejor me muero”, “que pena de vida”, “siempre me has hecho sufrir”, dicen quienes han guardado las semillas del resentimiento, de la culpa, del orgullo.

Seguramente todos los síntomas tienen una explicación médica y un diagnóstico preciso que aporta tranquilidad, “ahora sabemos lo que hay”, dicen algunos familiares. Sin embargo, el diagnóstico, siendo necesario, no nos habla del por qué de las diferencias en intensidad, en sintomatología emocional y mental, en carácter, en la progresión de la enfermedad. Para entender esta parte es necesario recurrir a las grandes tradiciones, a los reinos de lo transpersonal, donde se describe lo que no se ve, donde se nos habla del Recuerdo de Sí como propósito de vida, de vidas. Donde se anima a expulsar a los mercaderes del templo-alma, a eliminar a los demonios rojos de Set, a ir, como Arjuna, acompañados de Krishna, a la batalla contra el enemigo interno, el ego. Donde se invita a nutrir en nosotros el elemento divino-eterno cada día con la palabra amable, con el gesto de acogida, de respeto, con el pensamiento benevolente y la acción correcta, armoniosa, simple; regando de alegría y gratitud nuestra vida cotidiana. Donde se nos invita, en resumen, a caminar en la Belleza cada día y cada noche de nuestra existencia.

Sin duda estamos a tiempo, no importa lo que hayamos hecho o pensado antes, pues siempre es buen tiempo para comenzar o para intensificar la práctica de la compasión, de la sonrisa, de la ternura, de la conciencia. Estamos a tiempo de poner atención en nuestro jardín interior y decidir que semillas queremos cuidar y cuales queremos quitar. De nuestra decisión de hoy dependen los frutos que recogeremos mañana.

Acompañar a nuestros mayores en ese trayecto, nutriendo en ellos la semilla de Eternidad que con toda seguridad late entre la confusión, el miedo y el olvido, es otra de nuestras tareas pendientes. Podremos hacerlo, con amor y consciencia, si nos hemos reconciliado con lo divino y lo humano, con la vida y con la muerte; el cómo hacerlo más concretamente, será el tema para el siguiente artículo. Mientras, por favor, considera la existencia como lo que es: una magnífica oportunidad para crecer, paso a paso, en amor y sabiduría.

 

 

Maite Pardo Sol

Pedagoga y Psicoterapeuta Transpersonal

Sanación Energética, Terapia chamánica, Pneuma Therapy y Counseling

 

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